Hotel DF, de Guillermo Fadanelli

Por lo menos me refugio en el alcohol, ¿pero cual alcohol, si ni siquiera soy un borracho de película? dice “El artista” Frank Henestroza, como para desligarse de los personajes perdedores y ebrios de Bukowski. Efectivamente, el es un perdedor, pero tiene 5,000 pesos en la bolsa, y piensa gastarlos en pasar varios días en el Hotel Isabel, un venido a menos de la ciudad de México, con la idea de seducir (o dejarse seducir) por una de las muchas gringas rubias que pululan el edificio colonial pintado de naranja chillón. Precisamente durante una de sus borracheras, conocerá a Laura Gibellini, la guapa española que justificara su estancia en este lugar.

Guillermo Fadanelli intercala la narración en primera persona, a través de los ojos de Henestroza, con la de un narrador omnisciente, para presentarnos una retahíla de personajes que parecen encajar en estereotipos, pero que se escapan de esta condición por la presencia de la ciudad de México: el recepcionista gay que pretende atender un hotel de lujo, el español viejo que se niega a aceptar el cambio, el alemán risueño que parece idiota hasta que su supervivencia le demanda cerrar la boca, el actor empobrecido que rechaza los papeles que le ofrecen por no estar a la altura de su antigua gloria, la recamarera que parece saber todos los secretos del hotel y el comandante de policía, corrupto hasta el tuétano pero abnegado esposo de “esa pinche vieja” por que su creencia es que es su obligación estar con ella hasta la muerte, “para que alguien lo llore cuando se muera”.
Citando al autor, en esta novela no hay moralejas, ni mensajes. Hay desasosiego. Los personajes se suman por montones, así sea solo para morir a las pocas paginas de ser introducidos. Sobresalen “La señora”, un lord del crimen de Tepito que guarda la apariencia de un pordiosero sordo que come sardinas de la lata, y que de todos los crímenes resulta despreciar el secuestro, Grabriel Sandler, el heredero judío de una fortuna cuantiosa, una prima buenisima y un vació insoportable, y Wimer, un alemán en perpetuo estado de pachequez que sorteara la muerte de milagro. Su lectura es fácil y disfrutable, aunque deja (quizá con toda intención) el sabor de lo intrascendente.
La acción en lugares reales, que se pueden visitar dentro de la ciudad de México, en el cercano año de 2010. La referencia imperdible, diría mi viejo maestro, es que en ese momento se podían comprar 172.4 big Macs con los 5,000 con que Henestroza inicia la aventura que lo llevará a un desenlace que, como todo el libro, nos habla de resignación.
Hotel DF, Guillermo Fadanelli, Editorial Literatura Mondadori 290 paginas

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