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Una gotera

Se escucha: el cartero se acerca, abre el buzón y deja un par de cartas. La insoportable vecina, la señora Lira, sale de su casa, abre la puerta de la horrible reja negra con una caja de pastel entre las manos, cruza la calle a paso lento y despistado y entra a la casa del señor Ramírez. Se escucha: la detestable señora sale de la casa del señor Ramírez, atraviesa la calle en sentido contrario y regresa a su morada. Se escucha: una gotera en el techo de mi casa, ruido monótono, caída libre, sonido cotidiano. Siempre lo mismo, siempre el cartero y la vieja con el pastel para el vecino y la gotera perenne. Mis días eran de lo más depresivo.

Estoy aburrido, o más bien, estaba aburrido, ahora que hago este relato puedo decirles que estoy aburrido, pero eso es porque estoy en la cárcel y aquí no hay mucho qué hacer, sin embargo, en ese momento, en el de la historia que voy a relatarles, también estaba del mismo humor, aunque no porque estuviera en la cárcel, sino por la vida en general. La vida era un fastidio. A decir verdad no era tan mala, tenía a un cartero que me entregaba cartas y a una viejita que todos los días salía a entregar un pastel al vecino, y tenía una gotera, una bonita gotera que me gustaba escuchar mientras miraba por la ventana. Me pregunto si la gotera seguirá allí… No importa. Si mi día hubiera sido regular me hubiera quedado encerrado en mi casa, disfrutando de la indiferencia subjetiva, sin embargo fue un poco diferente a los pasados. Ese día en particular una de las dos cartas que el cartero depositó en mi buzón no era tan común. La otra sí que lo era, era una de ésas que mandan los bancos para recordarte cuánto les debes, pero la otra no. La otra era de un viejo amigo de la escuela llamado Marcus y en la carta me contaba muchas cosas, primero lo básico, el “¿Qué tal?”, el “¿Cómo te encuentras?” y el “¿Ya casado y con hijos?”, y luego me decía, entre muchas otras cosas, que había descubierto una nueva forma de vida (“Ay este Marcus”, pensé, “siempre buscando nuevos ocios en una vida condenada a la impotencia”), y expresaba que quería que todo el mundo empezara a practicar la existencia como él lo hacía, que era verdaderamente la salvación, un nuevo comienzo dentro de la rutina hermética de la actualidad. Explicaba que el humano debía a empezar vivir con una carga, especificaba que dicha carga debía ser emocional no física, un impuesto emocional que no nos abandonara ni por un segundo, el humano siempre tenía que sentirse culpable de un crimen y perseguido por éste para funcionar correctamente. Para que cada uno de los actos que realizáramos fuera preciso y pensado debíamos sentirnos en peligro, “PELIGRO”, escribía él con mayúsculas. Sentir el riesgo de ser capturados por ser culpables de dicho crimen. Entonces me indicó cómo se había introducido él en este tipo de vida. Una vez en mi oficina, apuntaba, me sentí muy oprimido por la pasividad continua, entonces caminé a la oficina de mi jefe, noté que éste no estaba y tomé una bonita pluma fuente de su escritorio. Luego regresé a mi cubículo y me quedé esperando, sólo esperando a que fuera procesado por el robo, estaba nervioso, sudoroso, temblaba. Cuando mis compañeros se acercaban a pedirme avances o a recitarme algún chiste oficinesco, yo sólo podía sonreírles y contestarles con palabras cortas, nada de estupidez ni palique, nada de hipocresía, simplemente les respondía lo necesario, las palabras exactas para no parecer culpable. Luego, cuando el jefe salió de su oficina gritándole a una secretaria, la adrenalina de todo mi cuerpo se concentró en un sitio y comenzó a bombearme desde adentro hacia afuera. Es una de las mejores experiencias que he tenido. La carta seguía: Los días siguientes entendí que no podía repetir ni el mismo tipo de robo ni a la persona a la que robaba, no podía correr el riesgo de adaptarme a una nueva rutina y hacer una vez más mi vida frívola, tenía que cambiar, robar objetos diferentes (robé engrapadoras, joyas, tazas de café, cajetillas de cigarrillos, lentes, incluso una impresora) a cada una de las personas (a mi jefe, a mis amigos, a mis enemigos, a los transeúntes, a mi familia), si variaba cada uno de mis crímenes conseguía una satisfacción mayor cada vez, el siempre sentirme culpable por algo me hizo un ser sensible, atento, preciso, perspicaz y, lo más importante, un ser en plena relación con sus rededores, en frecuente dialéctica, un ser preocupado.

Cuando terminé de leer la carta le di una releída para asimilar exactamente las palabras de Marcus, me sentí tan afín, tan comprendido. Mejor que comprendido, guiado, su teoría de poner la vida en peligro latente con el fin de sentir emociones a todo momento era el descubrimiento más grande del siglo, incluso del milenio. Concluí que debía ponerlo en práctica de inmediato pero a mi manera, copiar la de Marcus hubiera sido algo detestable, no, debía hacerlo a mi modo y tenía perfectamente pensado cómo podía ser. Así como en la preparatoria cuando solía ir a comprar marihuana me sentía en peligro en ese recorrido de la casa del vendedor a la mía, así le iba a hacer. Llevaría conmigo siempre sustancias u objetos ilegales para sentir la tensión del perseguido, sentir el pánico que sólo experimenta el que lleva oculta una particularidad ilícita, algo por lo que pueda ser castigado.

Salí de mi casa con un enorme cuchillo cebollero guardado en la bolsa interna de mi saco, me sentía importante, curioso, interesante. Caminé unas cuadras siempre procurando que mi postura fuera serena y no dejara entrever ninguna forma de culpabilidad, cada vez que alguien hablaba yo sentía que era para gritar: ¡Cuidado! ¡Ese tipo tiene guardado un enorme cuchillo cebollero dentro de su saco! Pero no era así, la gente normal sostenía sus comentarios regulares dentro de su rutina, pero yo no, yo tenía un cuchillo cebollero, tenía la carga de la culpa. Para mi mala fortuna el elemento del cuchillo se me olvidó muy rápidamente. Me metí a una tienda a comprar un helado y, así nada más, mientras degustaba la capa achocolatada del cono, la angustia desapareció. Al descubrir que había olvidado el hecho del cuchillo, sentí la teoría de Marcus de lo más tonta, pero en vez de ignorarla quise intensificarla para llevarla a su límite y así probar su invalidez. Le llamé a mi viejo dealer, que para mi suerte seguía diciendo dealer, y le dije que quería un combo fuerte, todo lo que pudiera conseguir, marihuana, hachís, cocaína y unos ajos… No, un gotero. Todo para mí, no para metérmelo, para traerlo conmigo, qué droga tan maravillosa. Tras salir de su casa con todos los elementos guardados en las diversas bolsas del saco, disfruté un regreso épico. Todo era peligro, todo era motivo de cuidarme, de estar al pendiente; nada, ni siquiera el ladrido de un perro, o el bostezo de una señora en el autobús eran de fiar. La adrenalina galopaba dentro de mi cuerpo de un lado a otro, era interesante, era vida.

Practiqué este método de existencia durante varios meses, cada vez era más emocionante, cada vez le agregaba tonos más pícaros a mis hazañas. Una vez decidí no cargar con drogas, preferí hacer una cosa más divertida. Salí de mi casa, caminé unas cuantas cuadras, me bajé la bragueta del pantalón y me saqué la verga en medio de la calle, ahí, a los ojos de todos. Luego hice lo de siempre, ir por un helado a la tienda o ir a buscar libros de la generación eléctrica de poetas franceses en las librerías de viejo, lo de siempre, pero con la verga afuera. No la exhibía, sólo estaba allí tambaleándose al aire libre, y nadie lo notaba, a nadie le importaba un comino lo que pasaba en la vida real, incluso pasé a lado de una patrulla y saludé al policía con un movimiento de ojos y éste me contestó, sonrió y no dijo nada. Mi verga estaba allí flotando y la vida seguía estancada. El regreso en el autobús fue de lo más embarazoso, tal vez una o dos personas notaron mi exhibición pero nadie se sintió ofendido realmente, probablemente pensaban que era un chico con síndrome de down o con alguna especie de autismo y que no era yo el culpable de ese tipo de acciones. Yo, por mi parte, aprendí mucho durante todo el viaje mientras miraba mi verga, ese órgano, o hueso, o músculo, ¿quién sabe qué sea? No puede ser posible que lo haya tenido toda mi vida y aún no sepa qué es exactamente… Bueno, no importa, yo aprendí mucho. Cuando llegué a mi casa me dediqué únicamente a pensar qué peligro enfrentaría mañana, qué hazaña realizaría. Pero no se me ocurrió ninguna, por más que pensaba nada llegaba a mi cabeza, hasta que me dije: ¿Por qué no mañana salgo a la calle como cualquier persona lícita? Sería perfecto, sería diferente, puedo salir de mi casa y dejar que las personas piensen todo lo que podría llevar oculto dentro de mi saco pero, vaya sorpresa, estoy limpio, no tengo nada. Con el miedo que me tengan.

Salí a la mañana siguiente con una mirada astuta pintada en el rostro, de vez en cuando sonreía, nadie podía imaginar que no llevaba nada conmigo esa vez, nada que me culpara. Di la vuelta a la manzana y me dediqué a observar la cotidianidad de la gente. Dos policías estaban cateando a unos señores en la esquina, parecía que buscaban algo, a mí no me podían hacer nada, yo no llevaba algo ilegal, era un nuevo tipo de bienestar, el saberme un cualquiera, el no tener nada que temer. Me exhibí un poco frente a los policías como diciéndoles: mírenme, no tengo qué ocultar. Regresé brincando a mi casa pero, antes de abrir la puerta, escuché la voz de la señora Lira, esa viejita necia que siempre llevaba consigo una caja de pasteles para el señor Ramírez, ¿por qué tan feliz?, me preguntó con su voz arrugada, yo la miré y me reí de ella en su actitud cotidiana, en su vida rutinaria. Hoy soy el ser más dichoso de la tierra, le dije, nada tengo que ocultar ¡Nada!, grité para que los policías me escucharan. Éstos voltearon a verme a lo lejos, notaron mi felicidad y como toda autoridad se acercaron para ver cómo podían arruinarla. La señora Lira me dijo: qué bueno estés tan contento, es muy bueno estar alegre. Sí, le dije. La vieja miró de reojo a los policías que se acercaban lentamente, no como ésos, siguió diciendo, que siempre están buscando a quién encerrar. Sí, le dije yo, no como ésos. La viejita sintió un dolor en la espalda, ¡ay!, gritó repentinamente, ¡la ciática! ¿Podrías sostenerme el pastel por favor? Por supuesto, le dije intentando ayudarla, claro que sí y tomé la caja con ambas manos. Los policías llegaron a la escena y uno de ellos preguntó: ¿está todo bien? Sí, dije yo, es sólo que… La señora Lira me interrumpió. ¡No quiero nada de lo que me ofreces, insensato! ¡A mi edad ya no nos interesan esas cosas!, me empezó a golpear el rostro con la palma derecha, yo no sabía qué hacer, ¡vete con tu caja secreta a otro lado! Los policías me apartaron de la señora Lira, me quitaron la caja de pastel y, tras comprobar su contenido, procedieron a arrestarme. De frente a la patrulla, aún sin saber qué era lo que acababa de pasar ni qué era lo que estaba dentro de la caja, cerré los ojos y escuché a lo lejos, muy a la distancia, el chorro de agua que caía monótona de la gotera del techo de mi casa, caía siempre con el mismo intervalo, siempre en una rutina, siempre constante. Siempre.


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Una respuesta de “Una gotera”

  1. Salvador dice:

    Me encantó el texto, difundiré más la revista, gracias por las publicaciones, envío un cordial saludo a todo el equipo.

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