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Te amo, te amo, te amo

Lo amaba tanto, tantísimo. Él sólo le decía “te amo” cuando estaban
las luces apagadas y no había nadie al otro lado de la puerta.
Las horas pasaron, ella las ordenaba en su almanaque preferido,
esperando que un día colapsara, y poder correr a amarlo, frente a
todos, a pesar de todos. Por la culpa de todos. Y no.
El veintisiete de diciembre del año más escabroso, Javier recibió un
regalo de cumpleaños fuera de lo ordinario.
Una caja del tamaño de un refrigerador, bastante fría por cierto.
Al abrirla, Javier recordó la última conversación que tuvo con Carmen,
esa mujer que siempre decía “te amo”.
-Te quiero envuelta para regalo, mi cielo. Ya casi es mi cumpleaños.
–-Yo seré tu regalo, tenlo por seguro.
Y ahí estaba, dentro de la caja, rota en partes; el cuerpo azul de
Carmen, con palabras hechas con labial celeste en pecho, tórax y
abdomen.
“Te amo, te amo, te amo”

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