Ni unos Tacones
Con haberlos comprado no basta, pónmelos; y eso recordaba de ella.
El gitano despertó seguro de lo que iba a realizar. Sí, puesto que madre le aseguraba con la costumbre de los dichos, que un clavo saca a otro clavo; el suyo lo tenía estacado en el abandono de su pecho, porque ni las mujeres que ésta le presentara, como si eso curase las penas del corazón, lo hicieron olvidarse de la modelo. Al amanecer le vino la idea, la única idea sensata y al alcance de sus posibilidades, para exorcizar los lúbricos aunque tristes recuerdos de aquella mujer. La que aparecía en la portada de una revista, esa que lo abandonó inapelablemente para lucir zapatos de diseñador.
De llegada a la boutique le regresaron las sensaciones que tuvo en sus buenos días con la modelo. Algo de rechazo en el gesto de los empleados. Su aspecto irrefutable y gitano al reflejarse en las vitrinas. Los escrutinios de reojo y alienados por su presencia en un aparador. Y por supuesto y ante todo la nostalgia de su soledad. Sin importar la incómoda situación, dijo, en respuesta a la pregunta que le hicieron, que sí, necesito me dé aquellos en el cuatro, y señaló unos tacones turquesa exhibidos como un cristo de catedral. Ahí se fueron las quincenas que no supo gastarse. Pide y se te dará, otro de los dichos selectos de madre, siempre concisa en sus palabras; aunque la única vez que fallaron fue esa tarde, cuando la modelo le dijo, que por miserable te dejo, nunca vas a vestirme con lo que valgo, ni un par de zapatos finos. Y él tan sólo pedía que lo esperara, que así será algún día pero por piedad no abandones mi corazón. Aunque la mujer ya se alejaba por la calle como una pasarela de avenida entre sus pasos y él tan estúpido y llorando, nada más.
Por si acaso, se enjugó la boca con sus propios labios antes de tocar el timbre. Previo a tenerla de nuevo frente a sus ojos insistentes. El instante auguraba tantas cosas qué decirse o hartos movimientos. Sin embargo, se redujo a los zapatos dentro de la caja abierta, demasiado turquesas para el cartón, una mirada de mujer llena de maleficencia y con haberlos comprado no basta, pónmelos. Él se fue agachando hacia la duela hasta quedar arrodillado para calzárselos. Para darle después un beso a los empeines curvísimos, ese beso ladino por lo gitano y porque no te muevas mi amor. Antes de que él partiera en el pasillo iluminado a medias luces. Mientras la modelo se quedó sujeta a los tacones, como éstos se encajaron irrevocables al piso, igual que unos clavos o los colmillos de una fiera ensimismada.









