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Dudas de un piano

Y pensar que hoy hace un año que estabas en un avión rumbo a mí. Y llegaste, te instalaste en mi habitación con tus cosas.

Llenaste todo lo que antes era mío y me pareció raro el vaticinio de ese verso que eras, en el caluroso primero de enero de 2007.
Tenía que acostumbrarme. Ese era mi destino ahora, si lo elegí o no, te importaba poco, así era como veías el mundo un poco asustada por el acento venezolano, del venezolano y su hermana loca con sus dos hijos afrodisíacos y hermosos. La argentina no te saludó y así fue como pensaste que sería para vos el país entero. Por eso fue que me tejiste ese mismo día un cordón rojo de lana colombiana y me ataste fuerte para que no te soltara.
Aún hoy, estando ya lejos, siento ese mismo vaticinio y el cordón que me amarra tan fuerte la muñeca con la que no puedo tocar todavía, así me la haya pasado estudiando todos estos años acá y allá, a tu lado siempre estoy atado a la costumbre de tus cosas.
Tus cosas eran realmente pocas para mí. Un ajuar de calzones y corpiños, café colombiano, papeles de tus logros académicos y nada de lo que te había pedido… Pero estabas vos y eso tenía que ser suficiente.
-¿No trajiste areparina cierto?-
Y vos: – no, ¿por qué? Mi papá dice que hay que comer lo que se come en cada país y si acá no comen arepas sino ravioles pues hay que acostumbrarse y…. -
Bla, bla, bla, siguió hablando de su padre dos horas más, se me había olvidado eso… siempre, cuando estábamos allá, hablaba de su padre por horas, mientras yo pensaba en otras cosas, ella no se daba por enterada, lo único que le importaba era que la escucharan o más bien, que hubiera alguien ahí, o algo que pareciera atender a sus opiniones, algunas me molestaban tanto que me sacaban de mis pensamientos porque era imposible no prestarle atención. A veces tenía miedo de que se enterara de mi secreto, el no prestarle atención.
La verdad era que estaba buena, y follaba bien, aunque ella siempre -con esa cara que me hacía después-, parecía que creía que no lo hacía bien. Pero si, lo hacía bien y tenía además con qué hacerlo. No he encontrado eso en otras, aunque no puedo quejarme, he tenido buenas mujeres.
Cuando paró de hablar esa noche de su padre, me la comí. Ella se sintió agradecida por sentirse deseada, era uno de sus miedos por eso me jodía tanto la vida.
Yo esa noche, ni las siguientes, pude dormir, ella si, sí que durmió y comió y cocinó no solamente toda la comida que extrañaba mi cuerpo que antes y como ahora y por elección, es tan delgado, hay que comer poco, no hay necesidad de comer tanto, se le puede ir a uno la vida comiendo.
Cuando empezó a extrañar las arepas empezó a alegar que en esta ciudad tan grande y cosmopolita debería existir un lugar donde las vendieran o al menos se encontrara la areparina.
-¡Cómo es posible que con este montón de Peruanos, Bolivianos y Colombianos!, porque hay invasión, ¿no has visto? ¡Deberían llamar a migraciones y llevárselos a todos!-. Decía. –Si, así como dice tu profesor, ¿cómo es que se llama? Posso? Jajajajajaja-

Se reía sola de lo que decía, yo me reía también para qué lo voy a negar, hacía monólogos chistosos y a veces los disfrutaba, eso si, cuando estos no se convertían en ese odio que le heredó al padre.
Cuando se dio cuenta que ni los peruanos, ni los bolivianos ni la invasión de colombianos que vivían aquí, vendían arepas, me hizo invitarla a un restaurante colombiano horrible donde vendían arepas si, pero caras y chiquitas, disfruté el almuerzo hasta cuando se emocionó y empezó a pedir tintico y buñuelito y la plata de mi beca empecé a ver que se me volvía pedazos. Fue ese día de verano insoportable que empecé a odiar el verano y a pensar en dejarla.
La dejé tres meses después. Antes fue que aguanté, el último mes fue horrible, casi nos matamos y a ella le somatizó una mierda en las piernas que la hizo indeseable, se le estaban cayendo las piernas te lo juro. Yo hasta llegué asustarme, el sólo hecho de que me echara la culpa por lo de sus piernas me volvía loco. Me echó la culpa tiempo después, pero menos mal que ya no tenía nada.
Está bonita ahora y se la ve feliz, a mí fue a quién me tocó la mujer que no era, la dejé listica pa otro man. Ojala que a ese no lo joda, yo creo que no, porque no puede decirle todas las porquerías que me decía a mí.
Hace un año ya y pensar que fue hoy que la vi llegar con mi destino, ese destino del que no me puedo deshacer todavía.
Debe de ser el karma que dicen. Cuando estábamos en nuestra ciudad, juntos, me las quería comer a todas pero sólo me la comía a ella. Luego, cuando me vine para acá, me hacía falta al principio, pero luego ya la ciudad me absorbió por completo, y mi vida se fugó con ella, pero no se lo dije, la verdad es que quería que se viniera para acá, era una buena forma de salvarla de nuestra ciudad-pueblo de mierda. Sabía que algún día me lo agradecería. No le dije que se viniera por su cuenta, ella no sabía que acá, yo me acostaba con otra, para qué decírselo si no estábamos casados! Y además, sí se lo decía no se venía. Ella llegó más gordita de lo que la había dejado, llegó bien caleña, no olvido cuando la vi bajarse del avión, con una camisita bien escotada de color rojo sangre y una faldita de esas de -cómo quién no quiere la cosa- llena de maletas y con los ojos hinchados de llorar.
La llegada a la casa que me había conseguido, para los dos, por un tiempo, definitivamente no fue lo que ella esperaba, a mi me iba bien ahí. Vivían los músicos del momento, se podía tocar. Vivir acá es caro, qué esperaba? Un nidito de amor? No me dijo que no le gustara pero me lo pareció. Lo primero que dijo el veneco cuando la vio fue – lo tuyo es mío y lo mío es tuyo- luego risas, yo también me reí, es el humor que manejamos nosotros, los músicos. La casa, viejísima, de esas casonas de once, sucia, medio caída, pero con mucha onda, onda de músicos. Dormíamos en el living que se acondicionaba como habitación, tenía como cerrar y todo y además estaba el baño al lado y lo más importante, había un piano.
Hacía mucho calor, calor húmedo y pegajoso ni el ventilador ni las duchas eran suficientes, el calor no se podía evitar, así se tomaran mil cervezas. Después de dos meses nos fuimos a vivir a otro lugar, no sé si peor, pero al menos había menos gente, de todas formas en esa casa sólo se podía estar los dos meses del verano. Cuando nos mudamos, sí me le paré más firme y le dije que mejor dormíamos en cuartos separados. Ella dormía en una habitación chiquita como ella, en una elevación de la casa sin techo, al estilo PH o típica casa del trópico, ella lo primero que hizo fue decir- cómo será en invierno, esto sin techo…- Yo no me preocupé mucho, ya estaba acostumbrado al frío y además tenía un piano, así que no importaba nada más. Encima, el chico que compartía con nosotros era uno de los mejores bateristas y re jazzero, qué más podía pedir?
Ella se acomodó allá arriba. Un colchón de una plaza, una mesita, una silla y sus cosas en el piso, no tenía dónde poner la ropa así que la dejó en la valija que también le servía de sofá o mesita de noche, no me acuerdo ya. Yo abajo, sí tenía bastante espacio para el piano, el colchón, los libros. Me faltaba un placard pero eso era lo de menos. Ella pensaba que tal vez ahí íbamos a empezar de nuevo, juntos, pero yo sólo esperaba que encontrara universidad y trabajo para que nos independizáramos un poco, porque andaba de abajo para arriba conmigo! Y yo acá ya no estaba acostumbrado a eso, esa vida era allá, acá todo era más grande, más independiente, acá tenía que abrir puertas, fuera como fuera.
Ella era linda, acá también, pero después de ver a las argentinas… rubias, flacas, con apellidos raros-como europeos- la ropa que se ponían era mucho más de ciudad, no sé, chicas de mundo. Además el acento me volvía loco y a ellas también, el mío. Ella, allá era de las inteligentes, habían pocas, sino ninguna, pero acá venía a ser otra más o hasta un poco provinciana. Y bueno, eso cambiaba muchas cosas.
Ella, parecía creerme todo lo que le decía, se comía el cuento mejor dicho, de que de verdad quería que empezáramos nuevamente, de que el tema de las habitaciones era por eso y parecía feliz. A mi no era que me disgustara que lo estuviera, pero me llenaba de estrés que en realidad creyera semejantes boludeces! Lo peor es que toda esa supuesta estrategia no la pensé yo, lo hice siguiendo concejos, concejos de mis modelos – digamos- manes que toda la vida habían tenido éxito con las viejas, tanto así que no tenían ni una ni dos sino hasta tres y todas se miraban a la cara sin saberse el cuento. Yo también quería eso, quería la sonrisa de ese hombre, claro, tan tranquilo con tanta variedad y sin líos. Él me pasó ese concejo, me dijo- parce, esa nena, usted tiene es que bajarle la moral, porque no hay de otra. Sí de verdad se la quiere sacar de encima, haga lo de los cuartos y verá, pero si no quiere lastimarla, porque la vieja es bien y no ha hecho nada malo, dígale que es porque quieren intentarlo otra vez.-
Estallábamos a veces, y muy mal, tanto que yo no podía tocar por semanas, el haberle dicho que se viniera, que estaba todo bien, fue uno de los peores errores que pude haber cometido en mi vida. Además ella también estaba mal, así que me fui. Monté mi piano, mi ropa y mis libros a un flete y me fui a San Telmo, no le di ni dirección ni nada, sólo el teléfono. La primera noche me llamó llorando diciéndome que me extrañaba y yo le respondí que también, pero no la volví a ver.
No volví a saber de ella mas o menos por tres meses hasta que la llamé y le dije que nos tomáramos un café. La verdad es que sí me hacía falta, las argentinas no me paraban bolas, no follaba por más de tres meses y todavía tenía plata de la beca. Me dijo que sí, que dónde. Yo sabía! cinco años no se pierden en tres meses! Así que nos encontramos en La Plaza Dorrego, un domingo a la tarde, con frío pero con sol. Estaba muy bonita, ya había perdido los kilitos que había ganado en Cali, pero no estaba flaca fea, estaba bien bonita, como cuando la conocí.
Venía más cubierta, claro hacía frío, y el aire de ésta ciudad ya se le había pegado un poco más, no parecía tan pueblerina. Se sentó con una seguridad que, desde aquella época en Cali, no le veía y sonrió.
Y todo bien? -Me dijo -Qué más, que has hecho? Estás tocando?
Me hizo muchas preguntas al mismo tiempo, yo lo único que quería era comérmela. Hablamos un rato, le pagué el capuchino, las galletitas y la invité a mi departamento. Aceptó, yo feliz caminando con ella por San Telmo, nos adentramos en mi pequeño duplex y le pregunte que sí estaba saliendo con alguien y me dijo que sí. Fue lo que más me calentó, le quité el buzo verde, la musculosa color piel, el sostén blanco. El Jean, la subí al segundo piso donde tenía la cama y me la comí. La sentí como que realmente ella esperaba mucho más, por primera vez sentí lo que ella siempre había sentido cuando se acostaba conmigo, decepción. Ella me y se había dado esa última oportunidad, porque no podía creer que había estado cinco años con un tipo con el cuál sólo se venía cuando se fumaba un porro. Y allí estaba ella, con hambre, así que fui por pizza mientras, desnuda, en mi cama, se mandaba mensajes con el tipo con el cuál salía, con esa actitud, como si no hubiera follado, con esa cara de indiferencia, esperando la pizza.
Comió y se fue, le dije que se quedara, de verdad quería que se quedara, nunca me había sentido tan poco, tan inútil, tan estúpido. Otra vez no tenía ganas de tocar, pero esta vez era la frustración y no la duda, la que me engarrotaba los dedos. La quería.

Freya Liv Quintana Cardona


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