Disparo a quemarropa
El odio entre dos hombres que aman a la misma mujer es tan grande,
que tiene tintes de fraternal compasión.
A uno le dan ganas de beber en compañía del esposo,
del amante,
del muchacho que arregla la tubería
con la intención de comprenderlos,
de subyugarlos,
para sacarles unas palabras de acicalamiento
como si el amor consistiera en quitarse la suciedad a lametones.
A uno le dan ganas de entenderlo como al hermano,
de no arrugar la ropa,
ni ensuciarse las mangas de la camisa,
ni de pelar los nudillos en el rostro de un inocente y ridículo hombrecillo.
Esto no quiere decir que lo haga,
pero a uno inevitable e invariablemente le dan ganas.
Uno se imagina preguntándole
por la ausencia del tercer ángulo
o del cuarto
o del quinto…
todo depende del candor de la mujer amada, y del cuidado que se le dé,
pues las mujeres son como hospitales:
siempre enfermas y llenas de sus muertos
sus desquiciados, sus maniáticos y sus quejas.
Para uno, es una tortura la ignominia:
la incomunicación,
se quiere saber si otro puede ver aquellas melenas llameantes
que estallan como fuegos artificiales
cuando se coge a la mujer amada,
cuando se inundan de sangre sus salas de espera,
para que entonces ella se olvide del dolor de su anatomía
mientras uno se muere de oquedad
como Ángel redentor, o como santo.
Uno busca un reparto de utilidades, una generación de beneficios:
pretendiendo un vínculo,
saber si se siente lo eterno de igual forma
en la propia piel que en la ajena.








