Después de la regadera
Su cuerpo daba un giro desbocado contra la toalla blanca del hotel. Toda su humedad quedaría desecándose entre los finos hilillos como un regalo. La visita nocturna del vino ya había terminado y la magia de un último cigarrillo dignificaba su cuerpo de pelirroja. ¿Para qué llorar, si la noche era tan basta que una lágrima no le empañaría la conciencia? Había dejado pagada la cuenta. La dulce ponzoña corriendo por el alma es más dura que un clavo enterrado en la piel. Dolor, dolor, dolor. Resoplaba el humo como
al veneno, con los labios todavía humedecidos. La ventana del séptimo piso la miraba
toda abierta, sacudiéndose con el aire las cortinas.
Abajo el pavimento le pedía un último beso. En la ciudad paraba de llover.
Rodrigo Murguía









enero 30th, 2012 el 9:58
Interesante y recomendable.
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enero 30th, 2012 el 16:39
Da la sensación de revivir una noche extravagante que ya ocurrió y el deseo de librarse de un veneno que siente en sus adentros, pero no del cuerpo, la búsqueda de otro nivel de conciencia para lanzarse en un último abrazo con la tierra, como una romántica suicida con un alma como la lluvia. Está excelente
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